La Pieza Pendiente Suscribirme
#006 La Pieza que Faltaba El Contrapeso Sala de Juntas Dato Duro

Papelito habla


Recuerdo que en los primeros años de los boletos electrónicos llegaba al aeropuerto con tres impresiones distintas. La confirmación que mandó la aerolínea por correo. El itinerario de la agencia. La impresión del sitio web que sacaba la noche anterior. No era desconfianza de la aerolínea. Era desconfianza del puente entre el sistema de la aerolínea y el sistema del aeropuerto. Más de una vez me tocó ver la escena del mostrador donde la computadora interna no veía lo que la app del proveedor ya había confirmado, y entonces el papel resolvía la conversación. El boleto impreso era el sensor que apagaba la incertidumbre de una desconexión que sí existía. Lo veo todavía con trámites de gobierno y con confirmaciones de pago. Gente que imprime confirmaciones que un sistema robusto ya guardó tres veces. No es ignorancia. Es un cálculo mental de riesgo y beneficio que llevamos haciendo desde que llegan tecnologías nuevas a la vida cotidiana, y que se vuelve más fuerte cuando los sistemas alrededor de esa tecnología todavía no terminan de hablarse entre sí.

Ese cálculo es viejo. Pesamos beneficio contra riesgo y elegimos la opción que nos deja dormir. Cuando empezaron los servicios de streaming, mucha gente en México siguió renovando la membresía del videoclub un par de años más, no porque la usara más, sino porque cancelar implicaba aceptar que esa forma de ver películas ya se había terminado. Cuando llegó el correo electrónico al trabajo, varias oficinas siguieron firmando memos en papel hasta que se empezó a sentir raro pedir la firma física. Llegó COVID, nadie podía entrar a la oficina, y el tema se cerró solo. La tinta del trámite quedó sustituida por un PDF firmado en pantalla y casi nadie volvió a pedir lo otro. Cuando llegaron los pagos por aplicación al banco, mi propia familia imprimía los recibos de las transferencias durante años aunque la transferencia llegaba igual. Papelito habla, decían en mi casa. El patrón se repite con cada salto. Confiamos antes en el sistema viejo que en el puente entre el sistema viejo y el sistema nuevo.

Hay otro principio que también pesa en las decisiones de negocio y que se nombra menos en estas conversaciones. El miedo a perderse algo. El costo de oportunidad. En inglés lo bautizaron como fear of missing out, FOMO, y se popularizó como cosa de adolescentes en redes sociales. La versión ejecutiva del mismo principio es más seria. Es decidir no entrar a una conversación porque crees que vas a tener tiempo después, y descubrir en seis meses que esa conversación ya tiene vocabulario propio, decisiones tomadas y un grupo que ya domina el tema.

Cuando los sistemas no se hablan

Tres reportes de esta semana apuntan al mismo punto del cruce →

Esta semana le di vueltas a esto porque varios reportes apuntan al mismo punto. ManpowerGroup publicó su Global Talent Barometer 2026 con cerca de 14,000 trabajadores en 19 países, incluyendo México, Brasil, Argentina y Colombia. El uso regular de IA creció 13% en 2025. En el mismo período, la confianza en su utilidad cayó 18%. Las dos curvas se cruzan. Usar más no es creer más.

Mientras tanto, BCG publicó esta semana su encuesta Split Decision con 625 ejecutivos globales: 351 CEOs y 274 miembros de consejo. El 61% de los CEOs dice que sus consejos de administración están apurando demasiado la transformación de IA. El gasto promedio proyectado para 2026 sube de 0.8% a 1.7% del revenue corporativo. Más del doble en un solo año. La presión por entrar a la curva ya no viene únicamente del mercado o del titular. Está sentada del lado del consejo, fijando timelines que el operador siente irreales y ya no puede ignorar.

A primera vista, ManpowerGroup parece una alarma. La gente usa la herramienta y se le cae la fe. Cuando lo cruzo con lo que veo en juntas con directores latinoamericanos, el dato cuenta otra cosa. Mucha gente dice “todavía no me meto porque me preocupa la privacidad” o “voy a esperar a que esté más pulida”. El argumento suena prudente. Es el equivalente a llegar al aeropuerto con el boleto impreso. La diferencia es que hace quince años el puente entre la aerolínea y el aeropuerto sí tenía huecos, y el papel apagaba un riesgo real. Hoy el puente entre la herramienta y tu sistema de trabajo existe. Lo que todavía no existe es la sincronía entre tu forma actual de operar y lo que la herramienta ya está disponible para hacer. El riesgo que esquivamos, en realidad, rara vez es el que ponemos en palabras. Lo que cuesta admitir, muchas veces, es que la forma en la que trabajamos va a cambiar.

La sincronía pendiente

El aprendizaje no se compra después, se gana esta semana →

A mí me ha tocado verlo de cerca estas últimas semanas. Llevo varios días probando a fondo una herramienta nueva en el día a día. Es poderosa. La curva de aprendizaje es alta. Las primeras horas son frustrantes. Las primeras tareas se hacen más lento que sin la herramienta. Hay tentación de cerrarla y volver al método de siempre. Una vez pasada esa curva, el beneficio no es marginal. Cambia cómo le pides cosas al equipo. Cambia qué cosas decides hacer tú y qué cosas no. Cambia el ritmo de la semana.

Aquí entra el dato que cierra la pinza. Microsoft acaba de publicar el reporte State of Global AI Diffusion 2026. El uso de IA pasó de 16.3% a 17.8% de la población mundial en edad laboral en un solo trimestre. Cincuenta y dos millones de nuevos usuarios en noventa días. No es una métrica de hype. Es adopción individual real, medida contra la población en edad laboral. Es la tasa de penetración trimestral más rápida documentada para una tecnología en el lugar de trabajo en la era moderna, por encima del correo electrónico y del navegador web.

Cuando una curva como esa se mueve a esa velocidad, el balance mental que aprendimos a hacer con tecnologías anteriores se queda corto. Imprimir el boleto del avión no te cobraba caro. El vuelo salía igual, y el agente del mostrador resolvía el desfase con el papel en la mano. Esperar a que la herramienta de IA esté pulida sí cobra. Te cobra el tiempo en el que aprendes a cambiar la forma en la que pides, decides y delegas. Y ese aprendizaje no se compra después con un proveedor. Se gana en las horas frustrantes que alguien más ya está poniendo esta semana.

Las letras chiquitas del boleto

Entrar a la ciega tampoco resuelve, y el reloj ya está sobre la mesa del CEO →

Empecemos por la letra chica del que se aventura sin criterio. Entrar a la ciega tampoco resuelve. Stratify Insights publicó hace unos días, con análisis de RAND, que 80.3% de los proyectos empresariales de IA no entregan valor. Los proyectos que arrancan con métricas claras de éxito tienen 54% de éxito. Los que arrancan sin métricas, 12%. Eso es 4.5 veces. Entrar a la curva no es lo mismo que entrar con cualquier proyecto a ciegas. Lo que separa al que cruza del que se atora es la pregunta que se hace antes de empezar, no la marca de software que elige.

Y la otra letra chica está del lado del que espera. Yale School of Management publicó este mes que la destrucción laboral más fuerte de la IA agéntica no son los despidos visibles. Son las vacantes entry-level que ya no se publican. El analista junior, el practicante, el primer escalón post-universidad. Las empresas no demuelen ningún piso del edificio. Solo dejan de construir los nuevos. Quien se queda esperando a que la herramienta esté pulida puede no perder su puesto este año. Lo que puede perder es la posibilidad de formar al equipo gerencial del 2031, porque esa formación pasaba por roles que el agente está cubriendo en silencio.

Hoy mismo apareció el dato que cambia la temperatura del cuarto. Dataiku, con Harris Poll, publicó una encuesta global con 900 CEOs: 78% cree que su rol podría estar en riesgo a finales de 2026 si su estrategia de IA falla. Es el primer estudio que cuantifica la consecuencia personal del fracaso al nivel del C-suite. La conclusión del reporte es directa: la fase de “estamos probando” terminó. Cuando el CEO tiene un cronómetro encima, la indecisión del operador se vuelve un problema del CEO antes que del operador. La ventana para “voy a esperar” empezó a cerrarse desde arriba.

La pregunta para el lunes

La semana pasada escribí sobre persuasion bombing y sobre cómo discrepar con la máquina se está volviendo la nueva competencia ejecutiva. Esa pregunta supone que ya estás en la curva. Que ya estás trabajando con el agente y aprendiendo cuándo cuestionarlo. La pieza de esta semana es la pregunta anterior. La que rara vez se hace en voz alta porque suena a admitir algo incómodo. Si todavía no estás en la curva, lo que estás midiendo cuando dices “espero a que esté más pulida” suele tener menos que ver con la madurez de la tecnología y más con la disposición a cambiar tu propia forma de trabajar.

La pregunta para esta semana es específica. ¿Cuál es la decisión que llevas postergando con la frase “mejor cuando esté más pulida”, y qué te costaría empezar a tomarla ahora, con la versión imperfecta que ya está disponible? Esa decisión, dicha en voz alta, es el verdadero balance entre riesgo y beneficio. El resto, muchas veces, es el boleto que imprimes por si las dudas, cuando los sistemas alrededor ya están listos para que llegues sin él.

Esa era la pieza de esta semana.


— JP